De la terraza del club a las terrazas de La Seu: una Mallorca que pocos esperan descubrir

Casi todos los clubs de pádel tienen una terraza. Y quien juega al pádel sabe que muchas veces las mejores historias no ocurren solo dentro de la pista, sino antes y después del partido.

Antes de jugar, la terraza es ese lugar donde esperas a tu compañero, miras si ya han llegado tus rivales y te tomas un café para despertarte si el partido es de buena mañana. O quizá una bebida isotónica si vienes con intención de darlo todo y necesitas convencerte de que ese día vas a correr cada bola.

Después del partido, la terraza cambia de papel. Ya no importa tanto si has ganado o perdido. Importa comentar ese punto imposible, reírse de la bola que se fue directa al cristal o recordar ese saque que acabó en la red cuando todos estaban mirando. Entre amigos siempre hay alguna pequeña tradición: quien pierde paga la cerveza, quien manda más saques a la red invita a la siguiente ronda o quien falla la bola más fácil aguanta las bromas hasta el próximo partido.

Las terrazas de los clubs son parte del ritual del pádel.

Pero en Mallorca hay otras terrazas que no tienen palas, ni bolas, ni marcador. Y, aun así, también dejan sin aliento.

Me refiero a las terrazas de la Catedral de Mallorca, La Seu. Un lugar que muchos turistas no llegan a visitar y que incluso muchos residentes tienen todavía pendiente.

La Catedral de Mallorca es uno de los grandes símbolos de Palma. Su silueta frente al mar forma parte de la imagen más reconocible de la ciudad. Pero verla desde abajo no es lo mismo que caminar por sus cubiertas, junto a sus arbotantes, sus contrafuertes y sus vistas abiertas a la bahía.

La Seu es una joya del gótico mediterráneo. Su interior impresiona por la altura, la luz y el enorme rosetón conocido como el “ojo del gótico”. También guarda intervenciones artísticas muy especiales, como la reforma de Antoni Gaudí en el altar mayor o la capilla cerámica de Miquel Barceló, inspirada en el mar, los panes y los peces.

Pero este post no va tanto de explicar la Catedral. Va de subir a sus terrazas.

Durante años estuvieron cerradas al público, y aunque yo había pasado cientos de veces por delante de La Seu, nunca la había vivido desde arriba. Hasta que un día decidí visitarlas con mi amiga Laura.

Laura no es precisamente la persona más deportista del mundo. Ella es más de libros, cursos, apuntes, cafés tranquilos y conversaciones largas. Para subir a las terrazas hay que atravesar una escalinata estrecha en forma de caracol. Y ahí empezó nuestra pequeña aventura.

Al principio íbamos muy dignas, comentando lo bonita que era la piedra y lo especial que resultaba entrar en una zona menos visible de la Catedral.

A mitad de subida, Laura ya no hablaba tanto.

Y cuando todavía quedaban escalones, me miró con esa cara de “esto no estaba en el programa” y me dijo:

“Ana, esto más que una visita cultural parece un entrenamiento de piernas.”

No pude evitar reírme, porque tenía razón.

A veces en Mallorca los planes más tranquilos también tienen su parte deportiva. Y aquella mañana, sin pala y sin pista, hicimos casi una sesión de cardio vertical.

Pero cuando por fin salimos a las terrazas, todo cambió.

De pronto, el esfuerzo de la subida desapareció. Allí arriba, el ruido de la ciudad parecía más lejano. La piedra de la Catedral se abría a nuestro alrededor como un esqueleto gigante de arcos, cubiertas y contrafuertes.

Desde abajo, los arbotantes apenas se intuyen. Desde arriba, en cambio, entiendes su tamaño, su fuerza y su función. Parecen brazos de piedra sosteniendo la Catedral.

Y luego están las vistas.

La bahía de Palma, el Parc de la Mar, el Palacio de la Almudaina, los tejados del casco antiguo, el puerto y, al fondo, la Serra de Tramuntana. Todo aparece desde una perspectiva distinta, como si la ciudad se hubiera ordenado para que pudieras entenderla mejor.

Laura, que minutos antes estaba negociando mentalmente con cada escalón, se quedó en silencio. Y eso en ella no es muy habitual.

Después me dijo:

“Vale, retiro lo dicho. Ha merecido la pena.”

Las terrazas de la Catedral de Mallorca no son un lugar secreto. Están ahí, en pleno centro de Palma. Pero sí son uno de esos planes que muchas personas pasan por alto cuando vienen a la isla por primera vez.

A veces porque solo piensan en playa. A veces porque no saben que se pueden visitar. Y a veces porque, simplemente, nadie se lo ha contado.

Y esa es una de las cosas que más me gusta enseñar cuando vienen amigos o grupos a Mallorca: lugares que no siempre aparecen en la lista más obvia, pero que te permiten ver la ciudad desde otro lugar.

Eso es lo que intento transmitir cuando enseño Mallorca con Grip and Trip.

Que un viaje de pádel no tiene por qué quedarse solo en la pista. Puede empezar con un entrenamiento, seguir con un partido, continuar con una comida frente al mar y, al día siguiente, llevarte a caminar por las terrazas de una catedral gótica con vistas a toda la bahía.

Porque Grip and Trip nace precisamente de esa idea: unir el deporte con la forma más auténtica de descubrir un destino.

Mallorca tiene clubs de pádel, sí. Pero también tiene historias, rincones, vistas inesperadas y lugares que se disfrutan mucho más cuando alguien local te los enseña con cariño.

Y quizá por eso, después de visitar las terrazas de La Seu, Laura me dijo algo muy parecido a lo que muchos amigos me dicen después de jugar al pádel en la isla:

“La próxima vez, me avisas… pero dime antes si hay que entrenar piernas.”