La historia detrás de mi pasión por el pádel y Mallorca

A veces pienso que Mallorca me trajo al pádel. O quizá fue el pádel quien me ayudó a entender mejor Mallorca. No lo sé exactamente. Lo que sí sé es que hay caminos que no se planean demasiado, pero terminan cambiándote más de lo que esperabas que no se planean demasiado, pero terminan cambiándote más de lo que esperabas. Y para mí, el pádel ha sido uno de esos caminos.

Cuando empecé a jugar, no fue amor a primera vista. Yo venía del baloncesto y del running, dos deportes que habían marcado mi forma de moverme y de entender la competición: correr, saltar, defender, reaccionar rápido, aguantar físicamente y seguir un poco más cuando las piernas ya empiezan a protestar. Pensaba que adaptarme al pádel sería cuestión de tiempo, pero entonces cogí una pala, entré en la pista y descubrí que este deporte tenía su propio idioma.

La pista era pequeña, pero a mí me parecía enorme. La bola rebotaba en el cristal y yo no sabía si tenía que ir hacia delante, hacia atrás o directamente pedir perdón. Me costó mucho entender los rebotes, esperar, no precipitarme y aceptar una de las frases que más se repiten al principio: “déjala pasar”. ¿Dejarla pasar? Yo venía del baloncesto. En mi cabeza, si una bola venía hacia mí, había que ir a por ella.

Al principio me sentía torpe, y hubo una frase que se me quedó grabada. Una persona a la que apreciaba, y que fue quien me adentró en este mundo, llegó a decirme que yo no servía para el pádel. Que nadie querría jugar conmigo. No lo cuento desde el rencor, sino porque fue una de esas frases que duelen, pero también pueden convertirse en gasolina. A veces otros solo ven tu punto de partida, no tu capacidad de mejorar.

Y yo tenía algo a mi favor. Tenía ganas, disciplina y una base deportiva que venía de muchos años atrás. El baloncesto y el running no me habían enseñado a hacer una bandeja, pero sí me habían dado agilidad, rapidez, reflejos, resistencia y mentalidad competitiva. Capacidades que al principio quizá no se veían tanto, porque estaba demasiado ocupada intentando sobrevivir al cristal, pero que estaban ahí.

Poco a poco, algo empezó a cambiar. Empecé a leer mejor la pista, a correr menos, a colocarme mejor y a entender que en el pádel no siempre gana quien más fuerza tiene, sino quien toma mejores decisiones. Aprendí que una bola más dentro puede valer más que un golpe espectacular, que defender bien también es una forma de atacar y que mejorar no siempre ocurre de golpe. A veces ocurre en silencio: un día devuelves una bola que antes fallabas, otro día entiendes un rebote de esquina, otro día alguien quiere jugar contigo.

En poco más de un año gané mi primer torneo de cuarta categoría. Y no fue el único. No lo digo como si fuera una gran hazaña deportiva, sino porque para mí significó mucho más que ganar un torneo. Significó demostrarme que sí podía. Que una frase negativa no define tu camino. Que empezar tarde no significa llegar tarde. Y que el pádel, como la vida, también premia a quien insiste.

El pádel me ha enseñado mucho más que a jugar. Me ha enseñado a superarme, a ser paciente, a meter una bola más cuando parece que el punto está perdido y a comunicarme mejor, porque juegas con pareja y no puedes ir por libre todo el tiempo. También me ha enseñado a gestionar la frustración, a pedir perdón, a animar, a confiar y a entender que el error forma parte del juego.

También es un deporte que entrena la cabeza. En pádel tienes segundos o milésimas para decidir: si defiendes, si atacas, si tiras globo, si juegas cruzado, si arriesgas o si simplemente devuelves una bola más. Y eso, de alguna forma, se parece mucho a la vida. No siempre puedes controlar la bola que te llega, pero sí puedes decidir cómo responder.

Además, el pádel desarrolla capacidades físicas muy completas: coordinación, reflejos, agilidad, equilibrio, velocidad de reacción, resistencia y movilidad. Pero también trabaja habilidades mentales como la concentración, la estrategia, la paciencia, la toma de decisiones, la comunicación y la confianza. Quizá por eso engancha tanto. Porque no solo sientes que entrenas el cuerpo; también entrenas la mente.

Siempre me ha gustado pensar que hacer deporte es una forma de cuidarse. No solo por competir o por mantenerse en forma, sino porque el deporte te ordena por dentro. 

Y luego está Mallorca. Esta isla a la que llegué sin saber que acabaría formando una parte tan importante de mi historia. Mallorca me ha dado luz, mar, calma, amistades, cambios de etapa y una forma distinta de vivir el tiempo. Pero también me dio el pádel, o al menos el escenario perfecto para encontrarlo. Aquí el deporte se vive mucho al aire libre, las terrazas forman parte de los clubs y después de jugar siempre aparece una conversación, un café, una comida, una cerveza, un paseo o un plan que surge sin estar demasiado organizado.

Para mí, jugar al pádel en Mallorca no es solo entrar en una pista. Es la luz de la mañana, el sonido de la bola contra el cristal, el entrenador que te corrige justo lo que no querías escuchar, la compañera que te anima cuando fallas, el rival que luego se convierte en amigo y la terraza después del partido. Es Palma, el mar, las calas, la gastronomía y esa sensación de que aquí el deporte y la vida se mezclan de una forma muy natural.

Si alguien me hubiera dicho al principio que aquel deporte que tanto me costaba entender acabaría inspirando un proyecto como Grip and Trip, probablemente me habría reído. O habría pensado: “primero déjame entender el cristal”. Pero así fue. El pádel llegó a mi vida en Mallorca y poco a poco se convirtió en algo más que un deporte: una forma de conectar con personas, de superarme, de descubrir la isla desde otro lugar y de entender que los viajes también pueden vivirse desde una pista.

Grip and Trip nace de esa mezcla: de mi pasión por Mallorca, de mi historia con el pádel y de todo lo que este deporte me ha enseñado. De la idea de que una experiencia deportiva puede ser mucho más que entrenar o jugar partidos. Puede ser una forma de crecer, compartir, viajar, reírte, confiar más en ti y volver a casa con algo dentro que no cabe en una maleta.

A veces el destino te trae a un lugar. A veces te pone una pala en la mano. Y a veces, sin darte cuenta, las dos cosas terminan formando parte de la misma historia. La mía empezó en Mallorca. Y todavía sigue en la pista.